PD: Este domingo celebramos
Pentecostés:
Pentecostés es una de las fiestas
más importantes del calendario litúrgico porque recuerda la venida del Espíritu
Santo sobre los apóstoles y el inicio de la misión evangelizadora de la
Iglesia. Se celebra cincuenta días después del Domingo de Pascua —de allí
proviene su nombre, que significa “cincuentena”— y representa el cumplimiento
de la promesa hecha por Jesús a sus discípulos.
El libro de los Hechos de los
Apóstoles relata que los discípulos estaban reunidos en oración junto a la
Virgen María cuando, de repente, un fuerte viento llenó la casa y aparecieron
lenguas como de fuego sobre ellos. Aquel acontecimiento transformó sus corazones:
dejaron atrás el miedo y salieron a anunciar el Evangelio con valentía. Por
eso, Pentecostés es considerado el “cumpleaños de la Iglesia”.
Esta solemnidad no recuerda
solamente un hecho del pasado. Pentecostés celebra que el Espíritu Santo sigue
actuando hoy en la vida de la Iglesia y de cada bautizado, fortaleciendo la fe,
renovando la esperanza y guiando a los creyentes en medio de las dificultades.
La tradición cristiana enseña que
el Espíritu Santo concede siete dones: sabiduría, entendimiento, consejo,
fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Cada uno ayuda a vivir según la
voluntad de Dios y a responder con fidelidad a su llamado.
Los signos de Pentecostés tienen
un profundo significado espiritual. El viento simboliza la fuerza invisible de
Dios que impulsa y renueva; el fuego representa el amor divino que purifica y
transforma; y las lenguas recuerdan que el mensaje de Cristo está destinado a
todos los pueblos y culturas.
El color rojo, protagonista de
esta celebración, representa precisamente ese fuego del Espíritu Santo, el amor
ardiente de Dios y la fuerza misionera de la Iglesia.
Pentecostés es, finalmente, una fiesta de esperanza: Dios continúa acompañando a su pueblo y enviándolo al mundo con la fuerza de su Espíritu.