El cristianismo nunca fue una
religión diseñada para encajar en el mundo. Fue una llamada a transformarlo.
Zavala plantea una cuestión que
hoy resulta incómoda:
¿Qué significa realmente seguir a
Cristo en una sociedad donde sus enseñanzas chocan cada vez más con la
mentalidad dominante?
Ser cristiano implica defender
que existen verdades que no dependen de lo que vote la mayoría.
Que el bien y el mal no son
simples preferencias personales y que la libertad no consiste en hacer todo lo
que deseamos, sino también en aprender a elegir lo que es bueno.
Significa defender la dignidad
humana cuando resulta incómodo, practicar la fidelidad cuando se desprecia el
compromiso, perdonar cuando el mundo exige venganza y sacrificarse por los
demás cuando todo nos invita a pensar únicamente en nosotros mismos.
Cristo no nos pidió que nos
escondiéramos de la sociedad ni que adaptáramos el Evangelio para recibir su
aprobación.
Nos pidió que fuéramos sal de la
tierra y luz del mundo (Mateo 5, 13-14).
Y eso tiene un precio: a veces
seremos incomprendidos, rechazados o considerados anticuados. Pero la
popularidad nunca ha sido el criterio para determinar si algo es verdadero.
La pregunta es si estamos
dispuestos a vivir nuestra fe también cuando hacerlo tiene un coste.
Porque seguir a Cristo cuando todo el mundo está de acuerdo es fácil. Lo difícil, y quizá lo más necesario hoy, es seguirlo cuando hacerlo significa ir a contracorriente.
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